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viernes 15 diciembre 2017
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La maldad y la existencia humana

La maldad y la existencia humana

Héctor J. González Montero

“Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros. Si confesamos nuestros pecados. Él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad”. Todos sabemos que el ser humano se comporta, en ocasiones, con maldad. Qué se entiende por maldad y cómo puede diferenciarse, sin duda, de la bondad: cualquiera de nosotros sabría hacerlo, por supuesto, aunque seguramente no sabríamos explicar cómo lo hacemos. Una persona mala, pero bondadosa “cómo se explica eso”. Bien, el caso es que los seres humanos tienden a la maldad. Entonces, el problema radica en saber de dónde proviene ese mal, es decir, cuál es su origen. Si llegamos a conocerlo quizá podamos actuar en consecuencia y erradicarlo, al menos en parte, de nuestras vidas, porque toda maldad es perniciosa, aunque algunos puedan justificar ser malos. Ha habido, históricamente, dos posturas ante este problema, radicalmente diferentes. Una se relaciona con la posición teológica occidental, la cual ve al hombre como inherentemente malo. Dado que su maldad le es propia y nace en su seno, hay que coartarlo continuamente para evitar que la muestre y le dé salida. La solución para ello es el “contrato social”, mediante el que los hombres se ponen de acuerdo en reprimir sus impulsos malvados, actuando todos juntos en pos del beneficio común de la civilización. De esto se deriva que todo aquel que se sitúe fuera de una sociedad, en un “estado de naturaleza”, al no reprimir tales impulsos representaría el más puro salvajismo, como Thomas Hobbes describió a los indios americanos. Podríamos resumir esta postura de la forma siguiente: la sociedad, y en concreto, la sociedad occidental, humaniza al hombre, y los sistemas políticos que de ella se derivan son los idóneos para mantener a raya la maldad. De ahí que otras sociedades, en las que las relaciones entre las personas tenían un carácter distinto y había otras formas de neutralizar el mal, fueran consideradas como deleznables, porque “estorbaban una existencia humana, adecuada e ilustrada”. Y de ahí se comprende igualmente que no sintieran vergüenza los occidentales cuando, junto por otros motivos, decidieron reprimir, supuestamente “civilizándolas”, otras culturas y sociedades. En algunos casos, hubo que recurrir al asesinato, pero ello no pareció demasiado importante ante la trascendencia de su gesta por el bien de la Humanidad. Por otra parte, la postura opuesta en este tema, minoritaria y escasamente representada, sostiene que el hombre en la naturaleza, es decir, que carece de la cultura occidental, es el verdaderamente puro y bueno. Sería precisamente el hecho de estar incivilizado lo que provocaría la bondad, porque su contraria, la maldad, tan sólo aparece cuando existen estrechas relaciones entre los hombres y se les obliga a seguir unos compromisos para mantener a aquella, la maldad, precisamente entre barrotes. En definitiva, según esta visión “son la sociedad en sí misma o el contrato social, vistos como una degeneración, quienes se convierten en fuerza corruptora que desmoraliza al hombre”. Habría, por lo tanto, que suponer que debido a las condiciones en las que el hombre se ha visto forzado a existir, es decir, en sociedad y en contacto con otros semejantes, ha perdido su bondad, la cual existía, y existe aún, en ciertas sociedades “primitivas”. Es una cuestión personal abrazar una u otra postura, tanto da considerar que la sociedad humaniza y evita el mal como que corrompe y da salida a dicho mal. Y es indiferente porque seguramente el mal, sea cual sea su origen, late en nosotros vivamos en sociedad, en la naturaleza, rodeado de hombres y comprometidos con las leyes, o libres de toda imposición, entre las bestias y con la luz del Sol como único guía moral. Cada vez con mayor frecuencia salta a los medios de comunicación algún crimen, alguna matanza, alguna hecatombe que nos hace reflexionar acerca de la condición humana. El siglo XX es el de Adolfo Hitler y el nazismo, el de los grandes exterminios en dos guerras mundiales, pero también es el de quienes han ejercido el desprendimiento hacia los demás, como Teresa de Calcuta. Vivimos en medio de una sociedad que tiene tendencia a manifestaciones violentas y podríamos preguntarnos si existe un gen de la maldad. No somos ni malos ni buenos por esencia, pero los humanos nos comportamos, en ocasiones, con crueldad y hasta con perversidad y cinismo.

0424-4038633




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