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lunes 20 noviembre 2017
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No más niños que hagan niños

No más niños que hagan niños

Rosario Anzola

Elena tiene cuarenta y seis años y luce su séptimo embarazo, le dará un hijo a su nuevo compañero. Yubexy, su hija de treinta años, también está embarazada de su cuarto muchacho, el padre de la criatura está en la cárcel. Y Marilyn, su nieta de trece años, dará a luz a su primer hijo en pocos días, no ha querido decir quien la preñó. Abuela, hija y nieta, se tomaron orgullosas una foto mostrando sus barrigas hinchadas. Las tres comparten la misma terraza del barrio, donde se turnan para cuidar a los más pequeños, puesto que los grandes deben salir a trabajar. Las tres trabajan en veces sí, en veces no, como me confesó Yubexy, nadie quiere emplear a una tipa preñada. Las tres forman parte de una familia extendida y disfuncional cuyos miembros varones van y vienen, aparecen y desaparecen. Las tres tienen en común que han engrosado la abultada estadística de madres adolescentes.

 

Las cifras venezolanas vienen rompiendo récords respecto de los demás países del Caribe y Suramérica: “Cada tres minutos nace un niño de una madre adolescente en Venezuela”, es una frase que retumba en todos los rincones. Y lo más grave es que las edades de estos embarazos precoces ya tocan los diez años. Cito a Andrea Pereira, oficial de programa del FPNU, quien señala que “Una de cada cuatro madres en Venezuela concibe durante la adolescencia, siete de cada diez están fuera del sistema educativo, pese a que la resolución 1762 del Ministerio de Educación obliga a que no sea excluida. No sólo es un problema de salud, ni de educación, es un factor de exclusión importante en el país”.

 

Las causas son multifactoriales, pero la principal es la pobreza, donde condiciones como el precario nivel educativo, el hacinamiento y la falta de información acerca de la prevención de embarazos conducen a que encontremos en los campos, en las aldeas y en la urbe a niños y niñas haciendo niñas y niños. Otro factor fundamental es la falta absoluta de políticas públicas para enfrentar el tema. Se requiere de un conjunto articulado de acciones que contemplen formar personal docente y médico para impartir charlas y talleres de educación sexual (que no genital), complementados con módulos de autoconocimiento que permitan estructurar provechosos proyectos de vida. De igual manera es mandatorio contar con atención médica integral para los adolescentes con la dotación gratuita de métodos anticonceptivos en los centros de salud. Los adolescentes –tanto hembras como varones– están además sujetos a los vaivenes de una cultura que promociona valores distorsionados y sin poder discriminar lo bueno de lo malo, lo conveniente de lo inconveniente, se ven de pronto frente a un embarazo inoportuno y no deseado, truncándosele un futuro de oportunidades, no sólo para ellos sino también al producto de sus tempranos escarceos de iniciación al sexo.

 

¿Cuándo hay que comenzar la educación sexual? Es la pregunta que se hacen padres y docentes ante el temor de la iniciación temprana en el sexo y del riesgo de embarazos precoces. La formación del autocontrol comienza desde los primeros años, a través de dos elementos fundamentales: la constancia y la voluntad de guías y modeladores. Controlar instintos y pasiones, domeñar los impulsos y posponer las gratificaciones son el punto de partida. Y esto vale para cualquiera de los estratos socioeconómicos, porque es un asunto de absoluta responsabilidad parental y escolar.

 

Veamos un ejemplo. Si un niño de un año toma un adorno de vidrio para arrastrarlo por el suelo, pues, quiere explorarlo y jugar con él, lógicamente y por razones de peligrosidad, el adulto se lo quita. Vuelve el niño a tomarlo, pues, no entiende la noción de peligro y, además, no ha saciado su curiosidad. Ahí se desata una oportunidad irrepetible. Si el adulto pone límites, –con firmeza–, le quita nuevamente el adorno y le expresa su definitiva decisión de no dejar que lo vuelva a tomar, aun cuando la secuencia podría rebobinarse varias veces, si aquél actúa con perseverancia, el niño terminará por comprender que no puede ni debe hacerlo más. No vale esconder o guardar el objeto. Si –por inconsistencia– el dame y toma, seguido de unas veces sí y otras veces no, se convierte en un juego, el niño no sabrá a qué atenerse. Insistirá en tomar el adorno para arrastrarlo por el piso y no aprenderá a controlar sus impulsos.

 

Otras historias similares se suceden bajo estos esquemas a lo largo de la educación del niño y del adolescente. Quien se forma con una disciplina lógica y perseverante, podrá el día de mañana controlar sus emociones e impulsos, y entenderá las nociones de respeto a sí mismo y a los demás. Quien crece sin posibilidades de control, se convertirá en un individuo centrado en sí mismo, en sus propios deseos y pasiones y será incapaz de dominar sus emociones y aficiones compulsivas, con reales dificultades para entender las nociones éticas.

 

Se requiere de voluntad y esfuerzo:   ¡No más niños que hagan niños!

rosarioanzola@gmail.com

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@rosarioanzol




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