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miércoles 13 diciembre 2017
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Las “traiciones” de la MUD

Las “traiciones” de la MUD

Ángel Oropeza/El Nacional

Existen dos formas básicas de organización social: por consenso y por imposición. Los modelos de consenso requieren, de parte de la ciudadanía, confianza, organización y educación política. Los modelos impositivos, por el contrario, necesitan cultivar algunos elementos culturales sobre los cuales mantener su estructura de dominación. Entre varios, dos de los más necesarios son la antipolítica y la teoría de las conspiraciones.

Tanto la antipolítica como la paranoia conspirativa son hijas de la altísima desconfianza, una de las características más salientes de nuestra cultura política. Es extremadamente útil para los modelos autoritarios, porque en la medida que los venezolanos desconfiemos unos de otros, en esa misma medida no esperaremos que las soluciones provengan de nosotros mismos, y estaremos psicológicamente dispuestos a aceptar que el orden social venga fuera de nosotros, sea por la vía de un golpe de suerte, salidas mágicas, pronunciamientos militares o la tragedia de los mesías providenciales.

La Unidad Democrática, como representación política de los demócratas venezolanos, ha venido coordinando la batalla sostenida y sin pausa de todo un pueblo dispuesto a no dejarse arrebatar su país. Esta lucha tuvo un punto de inflexión en la gloriosa e histórica jornada del pasado 16 de julio. Como consecuencia de este gigantesco y persistente esfuerzo, se ha logrado finalmente aglutinar a casi todo el país bajo la bandera del cambio, generar la mayor solidaridad internacional de la cual se tenga memoria y acorralar a la dictadura, a la cual solo le queda esconderse temerosa detrás del cada vez más frágil apoyo de las bayonetas.

Era de esperarse que los enemigos de la Unidad, tanto los del bando de la dictadura como los del bando de quienes dicen oponerse al régimen, reaccionaran ante estos triunfos de la unión del pueblo con su dirigencia. Para ambos grupos, la Unidad es un estorbo. Los dos la sienten un obstáculo para sus cálculos personales y sus proyectos políticos particulares, y han decidido reiniciar su vieja estrategia de tratar de debilitarla y destruirla. Para ello, nada más conveniente que volver a estimular rémoras culturales tan útiles al militarismo, y apelar de nuevo al viejo cuento de las traiciones, los incumplimientos intencionales y los arreglos de trastienda.

Lo cierto es que el 16-J el pueblo emitió un mandato claro a su dirigencia. Entre otras cosas, le pidió que procediera a la renovación de los poderes públicos, que se preparara para la conformación de un gobierno de unión nacional y que hiciera efectivo su rechazo al fraude constituyente. Apenas a horas del resultado vinculante de la consulta popular, se procedió a la renovación de los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, se anunció el acuerdo consensuado por toda la dirigencia democrática de un compromiso unitario para la gobernabilidad y se organizó un paro cívico nacional que logró paralizar al país en rechazo a la trampa madurista. Y ahora es cuando esto sigue.

 

La política, para ser efectiva, requiere la utilización simultánea, equilibrada e inteligente de todas sus herramientas: calle, organización social, presión internacional, institucional, negociación, socavamiento de las bases de apoyo a la dictadura. No utilizarlas todas, no actuar frente a la gravedad del momento mezclando la necesaria pasión con la imprescindible inteligencia y la requerida disciplina, sería, eso sí, una verdadera traición al reto trascendental que la historia ha querido poner en nuestras manos.

 

Las batallas que se nos vienen nos obligan a esa necesaria combinación de pasión, inteligencia y disciplina. Porque el 30 de julio es un combate crucial, pero en ningún escenario será el último. Ya la lucha ha logrado que si el fraude constituyente se aprueba, nazca muerto. Si logramos pararlo definitivamente, la ofensiva continuará para materializar el cambio que el país reclama. Y si no, las luchas serán mayores y más duras. Pero Venezuela no morirá jamás en nuestras manos.




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