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miércoles 13 diciembre 2017
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Reinventar la burbuja

Reinventar la burbuja

Jonathan Reverón / El Universal

Llevo años, tinta y saliva opinando que esta crisis no tiene un solo culpable proveniente de la quinta paila. Si hoy su frustración es mayor a la de la semana pasada, siento no acompañarle en el sentimiento.

Esta situación no es una telenovela en la que, en el primer capítulo, hay un golpe de Estado un 4 de febrero de 1992, donde alguien decide darle voz y micrófono a quien se hace responsable por el alzamiento. No. La necesidad que pasan millones hoy en Venezuela tampoco es producto del famoso indulto presidencial. Todo esto hubiese ocurrido de cualquier forma porque tiene décadas formándose. Porque es un fenómeno de la naturaleza humana. No es un tema de izquierdas o derechas, de comunismo, socialismo Vs. capitalismo.

 

Hay una cosa llamada odio

Cuando una ilusión que pensábamos certera y sólida se esfuma como se esfumaron los sueños de la Gran Venezuela (pre Viernes Negro), una kilométrica línea de piezas empezaron a caer ante nuestros ojos. Pero pensamos que era un juego, nos parecía tan entretenido. Seguimos la línea de la caída de pieza tras pieza sin mover un dedo para frenarla, porque alimentaba un excitante sentimiento del que todos sacamos partido.

Todos, en alguna medida, nos hemos aprovechado de la desgracia, del desmantelamiento, de la tragedia del otro. Todos, nos hemos burlado sin importar familias, dolores, historias de vida, todos de cierta forma hemos sonreído con el fracaso del prójimo.

Hubo una fiesta de esas que ocurren a media luz en donde se matizan los defectos. Pero amaneció, no queda una gota en ninguna botella y se llevaron las cortinas, los bombillos… Queda la casa, con sus horas de sol intenso para vernos sin maquillaje, y otras horas de oscuridad para que cada quien piense qué hacer con su vida al día siguiente.

 

Construir un refugio

Mientras nace, crece y se desarrolla una generación ajena a la fiesta pero víctima de sus estragos, mentes se preparan en lugares y espacios que se resguardan de la depredación.

Los invito a buscar un refugio. Cada vez me hago menos tolerante a los tonos de voz alzados, a los ruidos de cornetas impertinentes. Cuando entro a mi oficina, lo primero que busco es música que le cierre la boca al desbarajuste de todos los días de este 2017.

Desde que vivimos la insoportable levedad del ser, me he procurado un espacio que sólo me pertenece a mí.

Hace unos días cumplió años mi amiga Valentina. Ya no vive en Caracas y como todos mis amigos que se han ido de aquí, la contemplo desde las ventanas que me regala en sus redes sociales. Cada vez chateo menos con muchos. Creo que parte de ese silencio, que ahora traduzco en paz (espero), es necesario para evitar la entrada de cualquier elemento desmotivador.

Volteo a las pequeñas cosas, y entre más miseria, más me rodeo de esas formas que algunos califican como una extraña búsqueda de momentos de felicidad. Valen, me escribe algo que puede ir en el mismo sentido. La felicito en su día y me pone palabras elogiosas y querendonas, rematando con esta frase: “Jo, quisiera tuvieras el país que has hecho… el que está en tus refugios de la intelectualidad”.

Sí. He construido una burbuja donde no caen bombas lacrimógenas y la gente se quiere, y construye. Una burbuja que cuando está a punto de explotar, reinvento. Allí respiro por la nariz y leo historias que se parecen a la nuestra, en muchos casos llego emocionado a finales semifelices.

Porque no habrá final completamente feliz, ni final. Viviremos por el resto de nuestras vidas despegando este sentimiento, y lo lograremos el día que veamos esta lucha como algo que nos ocurrió hace muchísimo tiempo.




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