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miércoles 20 septiembre 2017
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La Academia de Mérida

La Academia de Mérida

Ricardo Gil Otaiza

Mucho se afirma y se alaba el carácter multidisciplinario de la Academia de Mérida, lo que posibilita la conjunción orquestada de dos grandes “áreas” supuestamente enfrentadas desde lo gnoseológico: “Las Artes, las Letras, las Humanidades y las Ciencias Sociales” versus el área de “Las Ciencias Físicas, Matemáticas, Naturales, Químicas, de la Salud y la Tecnología”. Digo, supuestamente enfrentadas, porque en la vida real, en el ahora, interaccionan, se funden, se hacen en sí mismas y responden al quehacer de lo humano sin parcelas ni dominios. No obstante, la multidisciplinariedad no basta cuando los referentes epocales nos impelen a la comprensión de la complejidad del vivir, que trasciende los naturales linderos del orden de lo académico, para fundirse en una misma realidad, en un mismo hecho cotidiano: la interretroacción de las diversas variables que hacen posible la vida sobre el planeta.

 

En la Academia de Mérida vislumbramos esa sinergia que acaece cada tarde de los miércoles cuando ingenieros, médicos, farmacéuticos, abogados, artistas, humanistas, escritores, poetas, filólogos, educadores, economistas, ecologistas, odontólogos, teólogos, historiadores, geógrafos, físicos, químicos y dramaturgos disertamos desde la pluridimensionalidad del conocimiento y de la vida, para así alcanzar la conjunción de la realidad y la experiencia desde distintas ópticas, trascendiendo así las barreras cognitivas y de la razón. Sin pretenderlo y de manera no deliberada (eso se desprende de los objetivos de su fundación), hemos llegado a puntos de encuentro (a veces de desencuentro; debo decirlo) que podrían semejarse a una Babel posmoderna, en la que cada miembro inter-retroacciona con su colega desde la mirada de lo múltiple, de lo diverso, sin los atavismos propios de la cuadratura de una formación académica reduccionista, súper especializada, que nos conduce a la no-comprensión de la realidad fuera de nuestros acotes, titulación y grados académicos. Aquí, en estos fecundos espacios, los linderos propios de cada disciplina se difuminan, se solubilizan, para hacerse inteligibles a la luz de la razón, de la sinrazón y también del espíritu. De ser islas de saberes acotados y circunscritos a programas y carreras, a profesiones y facultades, hemos trascendido hasta alcanzar la “oceanidad” propia de la cultura universal. Ergo, esta es una escuela de la vida y para la vida, entendida como un ente público que busca la pertinencia en su contexto y en su historia. Las dos ramas en las que desembocamos quienes somos miembros de esta institución, aquí se hacen una noción troncal, que se yergue sobre lo establecido para aglutinar voluntades, esfuerzos y empeños en la conquista de una ciudad mejor.

 

Si bien la incorporación de un nuevo miembro tendría según la Ley una implicación directa en el equilibrio disciplinar en estas dos corrientes densas y profundas que en la institución hacen vida, en la práctica dichas nociones se conjuntan en un mismo mar, y van a desentrañar desde su posición y rasgos todo aquello que impacte la vida de los hombres y mujeres que han hecho de estas tierras del Andes venezolano su lar nativo. Ciencias duras y no tan duras (ciencias del espíritu como se las llama ahora) aquí se dan la mano sin preeminencias establecidas, sin sesgos epistémicos, sin falsos linderos, para hacer de cada parte artificiosamente separada por el paradigma reinante (newtoniano-cartesiano-kantiano), vislumbre de la totalidad de las cosas y del devenir, para orquestar desde el conocimiento y desde el disfrute del interaccionar todo aquello que propenda a iluminar con sabiduría el camino del Ser.

 

@GilOtaiza

 

rigilo99@hotmail.com




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